-Miguel, ¿has notado que la luna nos persigue?
-Oye sí, tienes razón; pero no creo que nos "persiga" seguro es tan grande que la vemos de todos lados
-Ah, creo que entiendo
Él tenía 7 y yo 5, seguro íbamos a la casa de tía Mónica en el auto rojo de papá. En esa época, podía pasar todo el camino mirando a la luna y pensar, muy divertida, que la luna nos seguía; la contemplaba cuando me transportaba de noche y nunca había tenido la oportunidad de compartirlo con alguien.
Miguel es mi primo y siempre lo he sentido muy inteligente porque desde pequeña me ganaba jugando playstation, diablo y chipitaps; dibuja genial, corre más rápido que yo, metía goles cuando me tocaba ser arquera, sabe mucha matemática, le gusta a las chicas y come un montón. Si le conté mi secreto con la luna fue porque esa vez quise enseñarle algo yo a él, y no resultó como planeé; es más, me di cuenta que la luna jamás me había seguido o que si lo hacía, no era yo la única.
No sé si la luna me habrá extrañado pero ya no la volví a seguir con la mirada, empecé a enfocar mi vista en la gente que iba en los carros o en los que corrían al paradero. Con Miguel empezamos a tomar distancias sin querer porque nosotras las niñas no queríamos jugar lo que los niños jugaban. Hasta hace poco, no eramos de hablar muchísimo o de confiarnos nuestras cosas. Recuerdo que me acompañó a un quinceañero en 3ero de secundaria y al ver que un chico me besaba se acercó, rápido pero discreto, a preguntarme si él era mi novio a lo que respondí afirmativamente. Los colores le regresaron al rostro, supongo que quedó más tranquilo al ver que Stephanie, la que lo ayudaba con sus tareas de inglés, no era una whore.
Ahora me da clases de matemática aplicada en el futuro examen de admisión, no quiero defraudarlo: debo ingresar. Siempre llega listo a resolver ejercicios que previamente repasó en su casa y hace bromas cuando estoy muy cansada. Ahora es más fácil hablarle y me agrada hacerlo; si estamos destinados a tener un lazo familiar siempre, es buena idea llevarnos genial.
En fin, a lo que iba era que ayer me encontraba de nuevo en el auto rojo de papá. Tenía en mente una pizza que pronto comería y de casualidad levanté la vista. Pude verla de nuevo: la luna estaba llena y lucía hermosa; noté que otra vez me "perseguía", reí para mis adentros. Bajé la mirada, empecé a recordar todo lo que escribí líneas arriba y fue cuando resolví escribir sobre esto. Me pregunté si otros niños que viajan al lado izquierdo en autos rojos, habían coincidido en la sana diversión que encontré 12 años atrás. Me pregunté si, tal vez, alguien la veía al mismo tiempo y con la misma dedicación que yo. Estaba blanquísima y preciosa.
Salí de mis cavilaciones, levanté la mirada pero ella ya no estaba. La había perdido de vista.

Como Diana dijo ese día: "Miguel, eres todo un modelito de portada"

